16 may. 2010

El rápido y el muerto

Vivir en el desierto es muy duro, dicen los nómadas que hacen media vida a lomos de sus máquinas. No es más duro que vivir en la zona de combate de una gran ciudad. Cambias callejones oscuros y psicópatas por la necesidad constante de agua, comida y gasolina. Pero hay algo que nunca cambia: O eres rápido, o estás muerto. Y en la carretera eso es más cierto que nunca.

Entiendo la impresión que les debe provocar a los estáticos cambiar de desierto a ciudad y por que son tan despiadados. Cuesta cogerle el pulso a esto de levantarse al amanecer y ver todo a tu alrededor vacío sobre las arenas del desierto. O casi vacío, nunca se sabe. Casi te vuelves menos paranóico con el paso de los días, hasta que te enfrentas a la crudeza del asfalto y vuelves a la realidad, como si te hubiesen echado un cubo de agua helada por la cabeza.

Nosotros llevábamos ya varios meses conviviendo con un clan que cruzaba de un lado para otro, desde Night City, Los Angeles, San Diego a Tijuana y más allá; llevando contrabando, apoyando a los deltas que cruzaban el cielo nocturno en vuelo rasante para evitar los interceptores de las corporaciones, y pasando toda clase de gente por la frontera. Lo nuestro fue una especie de matrimonio de conveniencia: Teníamos algo que interesaba no solo a ellos sino a peces gordos de las badlands, y ellos tenían medios para protegernos. Además, ambos teníamos ganas de joder a quien nos había estado jodiendo desde hace más de veinte años.

El precio a pagar: Tragar polvo las 24h del día. Lo de ser la avanzadilla y escolta de los convoyes lo hacíamos gratis: Había que conservar la emoción de la caza, y no sería por falta de vehículos. Además, esta gente valoran mucho el interés por sus monturas y lo entiendo perfectamente: Para ellos un vehículo es vida, libertad para viajar a donde quieran. Es posiblemente el objeto más preciado que tienen, aprecian a quienes sienten lo mismo y desprecian a quienes no cuidan sus máquinas. Fue fácil hacer migas con ellos, aprender cosas de mecánica, enseñar cosas de cibernética, recibir ayuda y darla. No nos costó demasiado integrarnos en el clan, aunque siempre seríamos unos meros asociados.

Aunque hubiésemos demostrado nuestra valía varias veces, para ellos seguíamos siendo estáticos. "Cuando todo acabe volveréis a la ciudad y os olvidaréis de todo esto", dicen. Pero no lo tengo tan claro, porque cuando todo esto acabe a lo mejor estamos todos muertos, y no me refiero a que nuestros enemigos nos encuentren primero, sino a que cuando llegue el momento... habrá una gran guerra a la que sobrevivir, una guerra mundial. Y yo estaba empezando a ver aquella vida con buenos ojos. Emociones fuertes no le faltan, pero es una vida más "humana", tienes a una tribu entera a tus espaldas que viaja, vive y lucha como una familia. Siempre he pensado que no hay mucha diferencia entre los psicos y los que sobreviven a cuchillo en la jungla de asfalto, todos nos volvemos asesinos despiadados para sobrevivir y quitamos valor a la vida, un valor que esta gente consideran muy alto.

Esta vida es muy distinta de la vida que llevaba en Night City. Para empezar, es difícil no sentir cierta agorafobia al ver el gran desierto una mañana tras otra. No hay tiendas, no hay bares, no hay torres de acero y cristal. No hay dataterms, fibra óptica donde pinchar una conexión. No hay sitios donde comprar balas, ni lugares donde ponerte caros implantes. Lo que hay es la fábula de la cigarra y la hormiga, que se enseña a los niños desde pequeños para que aprendan la primera ley del desierto: La suerte no existe, existe el hombre precavido. La segunda ley se aprende pronto: Todo lo que dependas de los demás es debilidad vuelta contra ti.

Llegamos aquí con sofisticadas armas hi-tech, hardware y software muy potente. Pintaba bien, nos parecía que íbamos bien cubiertos y no entendíamos porque al principio se partían de risa al vernos. Hasta el día en que intenté conseguir balas para mi subfusil y me dijeron, "no hay". Claro que no hay: Los nómadas se fabrican todo lo que pueden, y pueden fabricar todo lo que es fácil hacer con tus propias manos. ¿Quieres balas? Las del .45 con casquillo de toda la vida las hay a puñados. Y las Ingrams para dispararlas se hacen con cuatro chapas. Eso y las recortadas, lo mejor que hay para ir en moto. Siempre con un buen cuchillo encima, casi siempre un Ka-Bar o copia artesanal, genuino diseño americano.

Nos deshicimos de la mitad de lo que trajimos poco a poco, casi todo a base de trueques entre la tribu y con gente de fuera. Y más de uno no se lo creerá, pero es un peso el que te quitas de encima no tener que preocuparte de ese equipo nunca más: Mantenimiento, municiones, robos... Y empiezas a mirar como un buitre los arcenes de la carretera en busca de cualquier cosa que puedas aprovechar. Vives con menos de lo que imagiabas y empiezas a pensar si tal vez podrías vivir con eso en la ciudad y aprovechar más la pasta en vicios.

Cuando la guerra llegue, esta gente estará mejor preparada para salir adelante que los estáticos de ciudad. Y ahora nosotros estamos viviendo como ellos. Empiezo a comprender que será lo único que haya cuando las torres hayan caído.

1 comentario:

  1. Que recuerdos... Primero le metemos una puya infernal a Arasaka y después nos piramos al desierto lejos de ellos. El master no se lo creía, pensaba que íbamos a morir todos en las torres de Arasaka.

    Y acuérdate de Credi, que cambió un lector de chips trucado por una barra de uñas de la desesperación por arrancar de la chatarra piezas para terminar su moto.

    Muy salvaje. Ya me se yo de donde ha salido Last War...

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