18 jun. 2013

Privacidad en Internet

Me pongo de mala leche cada vez que en una conversación sale la privacidad en internet, que poco a poco se va convirtiendo en un tema recurrente para quejarse y lamentarse de lo mal que van las cosas, como cuando dos vecinos hablan del mal tiempo en el ascensor. Es algo que está muy en boca de recién llegados al mundo de los móviles inteligentes, más que el usuario quiero decir. Y que cuando entro en la conversación me parece que estoy hablando del hombre del saco, ya que todo el mundo se limita a asentir y a soltar frases llenas de sentimiento como "estamos en manos de cuatro piratas informáticos", o una muy española: "Es lo que hay". Lo que en verdad me cabrea es la inconsciencia de las personas, ya que el estar sometido a un continuo escaneo de nuestra privacidad a través de las redes, no significa que tengamos que mirar hacia otro lado o negar tajantemente que la cosa sea para tanto, para luego lamentarnos de ese destapavergüenzas llamado Facebook que nos deja en ridículo... pero que ni siquiera usamos.

No hay mayor necio que el que no quiere saber. No existe delito alguno contra la privacidad si dejamos abiertas las puertas de nuestra casa con una amable invitación para pasar a fisgar. Tampoco si estampamos nuestra firma en la compra de una novísima enciclopedia, (con estantería incluida en el precio y un bolígrafo de regalo), que un agresivo vendedor nos ha colado aprovechando que nuestra puerta estaba abierta. Tampoco hay delito alguno si gritamos nuestros secretos a los cuatro vientos en el bar debajo de casa, porque oír una conversación ajena por casualidad no está prohibido. ¿Donde se han quedado esas auténticas perlas de sabiduría que nuestras madres nos inculcaron de pequeños? "No aceptes caramelos de desconocidos", decían. Y tenían más razón que un santo.

Hasta que se demuestre lo legal que es aceptar un contrato de licencia sin firma de por medio, cada vez que marcamos la casilla de "He leído y acepto los términos de uso", estamos dejando entrar en nuestro ordenador, móvil o tableta un programa cuyas funciones completas normalmente desconocemos... Porque nadie se lee dicho contrato. No hace falta ni usar letra pequeña, es que nadie se lo lee. Bien, si somos conscientes de que podemos estar dejando entrar un programa de spyware en potencia y no tememos lo que pueda descubrir, o no nos importa, no hay problema. Es decir: Aceptamos nuestra parte de responsabilidad en el hecho de que hemos abierto la puerta a que un desconocido haga unos servicios para nosotros, pero que tiene ojos y oídos y se puede quedar con algunas de nuestras intimidades.

Una frase muy típica del submundo cyberpunk es que la información es poder y moneda de cambio del siglo XXI. No hay una consciencia general de hasta que punto es cierto esto, porque esa información se usa de forma sutil e invisible, sin provocar ninguna polémica salvo algunos casos aislados que quedan olvidados tan pronto pasan de moda para los medios de comunicación. Si esta información se usa con fines deliberadamente dañinos, entonces nadie la asimilaría en sus vidas: Esta es la diferencia que hay entre el spyware, y las aplicaciones que piden permisos para leer hasta la talla de tus calzoncillos. Es decir: Para el usuario medio, la primera es un virus mientras que en la segunda no tiene ni repajolera idea de que esté haciendo lo mismo, solo que en vez de estar destinada a infectar archivos, la información recopilada va a parar a empresas de publicidad.

Como por ejemplo Google, cuyos mayores ingresos provienen de este sector. Así que, cuando entramos al Play y vemos la cantidad de aplicaciones gratuitas que se muestran en los primeros resultados de la búsqueda que muchas veces incluso no tienen nada que ver con lo que necesitamos; no hay que ser una lumbrera para darse cuenta de que todas ellas llevan publicidad integrada que muchas veces es proporcionada por la propia Google. Es decir, de gratis nada, solo cambia la moneda empleada en el pago y la duración de la transacción: En vez de euros, pagas con un registro de todo lo que haces a través del móvil, y en vez de pagar una vez y olvidarte, pagas las 24 horas del día.

¿Se puede eludir completamente este saqueo continuo de nuestra privacidad? No. De hecho, la cosa irá a más hasta llegar a ese estado de interconexión total muy propio de las novelas cyberpunk. O peor aún, hasta invadir los lifelogs de las sociedades infomorph que plantea el transhumanismo. La mejor arma para combatir la invasión de nuestra intimidad es el sentido común, que es el menos común de los sentidos. Una justa dosis de consciencia y dejar de decir chorradas para justificarse como una víctima más del sistema, un consuelo que no sirve para nada.


Como digo y se puede ver, es un tema que me pone de mala leche. No obstante, también es un tema que se puede integrar muy bien con fines muy productivos y destructivos para los PJs al mismo tiempo en cualquier partida de rol de ciencia-ficción lo suficientemente tecnificada: Cyberpunk 2020, Transhuman Space, Shadowrun o Eclipse Phase se llevarían el gato al agua, pero no sería complicado incluirlo en otros juegos, o en settings donde se usa el concepto de sensoredes.

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